Centenario de Múzquiz: 100 años de identidad vaquera, orgullo y tradición

Centenario de Múzquiz: 100 años de identidad vaquera, orgullo y tradición

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Desde su fundación en 1739, hasta su consolidación como ciudad en 1925, Múzquiz ha forjado una identidad marcada por la ganadería, la hospitalidad y el espíritu vaquero

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/ 8 marzo 2025

Mientras cabalgas por las calles de Múzquiz, te llega el pensamiento de que conoces este lugar desde siempre, o sea desde antes, como desde vidas pasadas. Y sabes que era tu destino nacer aquí merito, verdad de Dios.

Llevas esa certeza en tu sangre muzquense, en tu piel endurecida por el sol del norte, en la mirada noble que se deleita con las vistas de las Sierras de Santa Rosa.

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En la dura comisura de tu sonrisa se asoma ese orgullo humilde tan característico de los tuyos, como si los tobosos, los bauanes, los hueyquetalez y los manos prietas hicieran las paces con el presente. Un ventarrón que se suelta desde la cascada levanta el polvo y se arremolina en las calles estrechas.

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El sol te pega en la cara. Te ajustas el sombrero. El caballo arrecia el galope y el sonido de los cascos, tan familiar, es una música inadvertida. Sigues tu camino.

Andas con esa rara nostalgia en la memoria, como si los lipanes, los mezcaleros y los comanches vieran el mundo de ahora a través de ti.

Das el buen día si te topas con alguien, el cómo ha estado, qué dice la familia, al rato nos vemos, pariente.

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El aroma de la leña ardiendo preña el aura del mediodía. Es un regalo que ya han perdido las ciudades más grandes. Por fortuna, aquí ha sido así desde 1739, cuando Santa Rosa María del Sacramento nació como presidio en un territorio sin domar.

No muchos lo presumen, pero este lugar fue capital de Coahuila en 1776. Más tarde, entre 1786 y 1791, fue el corazón de cuatro estados: Coahuila, Nuevo León, Texas y Tamaulipas.

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No muchos recuerdan que en 1850, el asentamiento de Santa Rosa fue abolido y renombrado como Villa de Múzquiz en honor al general Melchor Múzquiz, nacido justo aquí. Su participación en la Independencia y en los primeros años de la República lo convirtió en una figura destacada de la historia de México, dejando un legado que aún resuena en la región que lo vio nacer.

No muchos saben que esta es la tierra que le ha dado más generales a la Revolución que ningún otro municipio del estado.

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Allá en 1925, el gobernador provisional de Coahuila, Carlos Garza Castro, elevó la villa de Melchor Múzquiz a rango de ciudad.

Sigues cabalgando, con la brisa de los encinos y las arboledas pegándote en el cuerpo, meciendo la crin de tu caballo. Porque Múzquiz es vaquero hasta la médula, y lo prueba con la montura más grande de México, un símbolo de la grandeza de quienes saben que la silla no es un adorno, sino el lazo que une al hombre con la bestia y a la historia con el presente.

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La plaza sigue siendo el punto de reunión, donde la sombra de los encinos resguarda el murmullo de quienes han vivido lo suficiente como para saber que la tradición no se discute. En las cantinas todavía se escuchan leyendas de tesoros enterrados bajo las ruinas.

No hay en el mundo carne que tenga este temple ni chorizo que sepa igual, porque los pastizales de aquí alimentan al ganado con más de cincuenta tipos de hierba distinta. Cada bocado es el resultado del trabajo bien hecho, del esfuerzo que empieza antes del alba y termina cuando el sol se hunde en la llanura.

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La gastronomía aquí no es un capricho, es identidad.

Pero Múzquiz no solo es vaquero y campo abierto. También es la riqueza de los pueblos que han dejado su huella en estas tierras: los kikapúes con su fortaleza indomable, los mascogos que trajeron su libertad y la defendieron con dientes y uñas, los negros libres que encontraron aquí un refugio y lo convirtieron en su hogar.

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Porque aunque la aridez domina el horizonte, Múzquiz es un oasis. Su verde vegetación se levanta orgullosa en medio del entorno seco, como una promesa de que la vida siempre encuentra su camino. Los arroyos resisten, los encinos se extienden con fuerza, y el campo sigue dando lo mejor a quienes saben trabajar la tierra.

Y si algo distingue a Múzquiz por encima de todo, es su gente. Aquí no se recibe con la puerta entreabierta, sino con la mesa servida. El forastero llega como extraño y se va como hermano, porque la hospitalidad no es cortesía, es ley. Se da con la generosidad de quien sabe que compartir la historia es perpetuarla, de quien entiende que el fuego del fogón es el mismo que arde en la memoria.

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Y a la mejor te dirán que Múzquiz ha cambiado. Pero basta con asistir a un rodeo, con ver a un niño lanzar su primer lazo, con escuchar el retumbar de los cascos sobre la tierra reseca, para saber que la esencia sigue intacta. El murmullo de las carretas tal vez haya sido reemplazado por el rugido de los motores, pero aquí seguimos con la frente en alto y las riendas bien sujetas.

No cualquiera entiende a Múzquiz. No cualquiera se queda. Porque para vivir aquí hay que tener el temple del vaquero, el corazón fuerte y saber entregarse a la fiesta.

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Cien años de ciudad, dicen. Pero Múzquiz es mucho más que un centenario. Múzquiz es cada rancho, cada rodeo, cada fogón encendido al caer la tarde. Es la historia que no se olvida, la que se vive, la que se respira.

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Sigues cabalgando. El sol se va hundiendo en la llanura. Sientes el peso de la tierra bajo tus botas y el aire cargado de historias sobre tus hombros.

Tú no lo sabes, pero en cuanto pongas un pie aquí, lo entenderás. Porque Múzquiz no se explica, se lleva en la sangre.

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